Tu has nacido para esto, tuyo es el don, la sabiduría divina está en ti, naciste con ello...
Y yo solo quiero llorar, por que este traje me va grande, por que no me sé ver con él puesto. Dios, por que me hiciste tan humilde. Cuando toca ponérselo lo hago, casi como una obligación, como un impulso interno, y reconozco que tengo gracia a la hora de ajustarlo bien a mi pequeño cuerpo. Hago lo que tengo que hacer, pero luego, cuando me miro al espejo, no me veo. Solo veo un fantoche vestido con ropas grandes, y lloro. Por que no quiero sentirme así, pero no puedo evitarlo. No se lo cuento a nadie, no por que crea que no pueden consolarme, si no por que sé que se pasará esta sensación. Sé que con un rato de respirar profundo, volveré a ver, aunque sin el traje puesto, el reflejo sincero de lo que soy. Ese sí me gusta, pero solo cuando va de calle.
Está en ti, no lo rechaces...
¿Quién se inventaría esa treta? Está en mí lo que yo quiera que haya, lo que yo permita estar, yo con mi voluntad cojo aquello que necesito, quiero o deseo que esté en mí. Lo uso o lo descarto, lo guardo o lo borro. Según mi criterio. ¿No? ¿Por qué nacemos con algo? ¿Quién toma la decisión por nosotros?
He oído las mismas cosas tantas veces que al final me lo he tenido que creer. Y no solo eso, las pruebas. Las que la vida me ha ido ofreciendo para que entienda de una vez que es real, que no es una pura casualidad. Pero aun así... ¿puede alguien decirme donde está el botón de la credulidad? Es que me gustaría poder apretarlo con fuerza y a poder ser, ponerle un trocito de papel mojado para que no se vuelva a desconectar. Incluso lo aseguraría con un poco de cinta aislante y una nota que pusiera; NO TOCAR.
Quizá así, quien sabe, se quedaba para siempre en ese estado de credulidad total, en el que todo cuanto entra es nuevo y no existe la duda, ni la desconfianza, ni por supuesto, la incredulidad. ¿Sabe alguien donde está? ¿Existe? Lo digo por que llevo tanto tiempo buscando dentro de mí que creo que he perdido el rumbo. No se como salir de este laberinto. Recuerdo que cuando entre, por la puerta de la introspección, vi un cartel que anunciaba; CUIDADO, PELIGRO. Y en letra más pequeña rezaba; No pierda esta puerta de vista, corre el peligro de perderse en el camino y no saber encontrar el de vuelta.
Y aquí estoy. En mí, perdida, pero sin estarlo del todo, por que sé perfectamente donde estoy, solo que no se como salir de aquí. No estoy a disgusto, lo reconozco, pero me parece raro, no poder salir. Intento recordar por que lo hice, por que empecé a caminar por este sendero del conocimiento, pero lo he olvidado, al igual que olvidé algunas muchas otras cosas. Me pesaba la mochila de los recuerdos y tuve que hacer limpieza. Y ahora no sé si tiré demasiadas cosas, quizá debería haber apretado un poco más hacia el fondo, pero es que de verdad que me pesaba mucho, y aunque a regañadientes, tuve que deshacerme de ello.
El conocimiento que tú tienes, no está en los libros, es como la sabiduría ancestral, está en tu sangre, en tu inconsciente, en tu alma...
Muy bonito, muy profundo, pero yo soy más de este siglo, necesito un punto de partida, una guía para encontrar más rápidamente lo que busco, una enciclopedia de la vida, aunque de haga más de mil años, pero en orden, para poder consultar cuando lo necesite sin tener que esperar que la información llegue a mí por arte de magia. Que llega, es cierto, pero de mientras, mi humanidad, me recuerda que no hay tiempo, mientras mi espiritualidad le reprocha, que de no haberlo, será por que no existe. Que de allí donde proceden las palabras no hay relojes que delimiten la vida, solo viajan a través de una, hasta llegar donde por destino debían estar.
Se lo que sé sin saber de dónde saco la información. Sé quien soy y lo que soy, sin plantearme durante mucho tiempo por qué lo sé, o por que lo soy. Soy yo, la vida, dadora de amor, aunque sepa poner los límites de la lógica. Incluso aunque tenga que aprender en la escuela de los errores que quiero y que no, lo que me conviene y lo que me perjudica. Lo sé. Y a medida que me doy cuenta de cuanto sé, más me maravillo del sin fin de posibilidades que me quedan por aprender. Me parece uno de los mejores inventos de Dios, no poner límites al aprendizaje.
Confía en ti, dentro de ti están las respuestas, cierra los ojos un momento y observa, escucha a tu voz interior y sobretodo, no pierdas la fe...
Si la fe fuera de quita y pon, entendería que pudiera perderla, pero no es el caso, por ende no la puedo perder, lo que me hace pensar en que, quizá nunca la he tenido. No, eso no puede ser cierto. Seguro que no. Por que cuando caminando envuelta en la oscuridad más profunda, sintiendo frío, con el alma repleta de lágrimas y el corazón en un puño, cuando creí que quedaría por siempre cubierta de pena y dolor, cuando mis pies se engancharon en el petróleo denso y aterrador de la desesperación más absoluta, lo único que consiguió que hoy, esté en este camino, fue la fe. Una fe que no sabría decir donde nació, de mi corazón, supongo. Una fe que me pidió que levantara la vista y viera que había una salida. Una fe que limpió mi cuerpo y mi mente y devolvió a la vida a mi alma, recordándome que sabía sonreír y cantar.
